miércoles, 16 de febrero de 2011

sobre la película C.R.A.Z.Y, escrito hace 5 años para la revista digital independiente elgranpoder.


Dos de las peores cosas, en cuanto que emocionalmente dolorosas, que pueden ocurrirte en este circo que es la vida.

Una, que el ser al que más admiras, idolatras, adoras, quieres hasta la médula de los huesos... te desprecie. Su mirada no te devuelve amor, sino asco, miedo, desconcierto, y, lo que es peor, decepción. No hay nada más duro que la mirada de un padre decepcionado a un hijo que está enamorado de él.

La otra, que la persona a la que amas, a la que siempre has amado, de la que estás completamente segura de que tiene que ser el hombre de tu vida, porque todo en él te parece digno de amar (su rostro en el que rastreas con la mirada esos labios que besarías hasta dejarlos dormidos; sus ojos, cuya mirada te pone el vello de punta; sus manos, que tan sólo imaginar que te tocan te hace estremecer de placer). Además es tu mejor amigo, casi tu hermano, os conocéis desde siempre, y es que vuestra historia de amor es tan naturalmente perfecta...

Pues él está absolutamente fuera de tu alcance, jamás podría amarte, no hay posibilidad ninguna. Es el único al que tú querrás de verdad, pero él no puede corresponderte. Lo ha intentado, pero no.

Ambas catástrofes tienen un origen tan -aparentemente- banal e inofensivo como la preferencia sexual, la homosexualidad, por supuesto.

- Ha nacido con un don-. Le dijeron a la madre al nacer. Y era cierto. Pero porqué siempre el don tiene que hacer sufrir al que lo porta, y porqué los que más quiere tienen que caer con él. Es como una fatal e inevitable relación causa-efecto.

Su padre jamás logró perdonarle.

Ella... Ella le esperó, toda su vida.

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